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Entre la vida citadina y la paz del campo

Escrito por Jueves, 30 Agosto 2018 14:51

Entre la vida citadina y la paz del campo: El doctor León Castellanos  

 

Vivir en una privada de lotes urbanizados al norte de Mérida era impensable hace 30 años. 34 años atrás, los esposos Arturo Castellanos Ruelas y Alicia Jankiewicz decidieron establecerse en la ciudad y eligieron un sitio a las afueras, específicamente La Ceiba, sede de un club de gold rodeada de un área residencial. Era una época en la que casi no había servicios en la zona y resultó ser una grata experiencia de vida, sobre todo para sus hijos León, Ashley y Alec, quienes crecieron en medio del campo yucateco.
Platicamos con el mayor de ellos, León, quien ahora es doctor en Derecho Internacional y se encuentra trabajando proyectos posdoctorales en Holanda siguiendo el ejemplo de sus padres, quienes trabajaron en el ámbito académico universitario. Su alma máter es la Universidad Anáhuac Mayab, casualmente muy cerca de su hogar. Sin más, en un momento de su apretada agenda, el ahora doctor abre el baúl de sus recuerdos y nos relata en entrevista sus vivencias en medio del bosque yucateco.

 

 

Cuéntanos ¿De qué año a qué año viviste en este complejo?

“Viví en La Ceiba desde recién nacido hasta los 23 años, cumplidos los cuales emigré a Suiza para comenzar mis estudios de maestría en Derecho Internacional”.

 


¿Cómo es que tus padres eligieron Mérida y en específico La Ceiba para vivir?

“Tras vivir en Mérida durante los primeros años de su matrimonio, mis padres se enteraron de que Don Omar G. Díaz y Díaz estaba vendiendo su casa en La Ceiba. El conocido empresario yucateco estaba entre los socios fundadores del Club de Golf y su respectiva privada. La Ceiba no contaba siquiera con cincuenta familias para esas fechas, pues ésta se encontraba bastante lejos de Mérida. Ello, aunado a los términos razonables de Don Omar, hicieron que la casa fuera asequible para una pareja joven hacia 1984, cuando mis padres compraron el inmueble”.

 

 

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de vivir en un bosque yucateco?

“Recuerdo los grandes espacios, la tranquilidad, la confianza con los vecinos y la generosidad de los trabajadores que venían, en su mayoría, de pueblos aledaños como Chablekal y Conkal”.


¿Cuáles eran tus áreas preferidas cuando salías a jugar de niño? ¿Qué juegos hacían? ¿Con quién te llevabas?

“Todos los niños teníamos bicicletas y por las tardes explorábamos la privada: rondábamos los campos de golf, la ciclopista del parque y por supuesto el ‘monte’. Me encantaba treparme a los árboles para bajar mangos, huayas y ciruelas. Conocía a todos mis vecinos y durante el verano las puertas de nuestras casas estaban siempre abiertas, sin cerrojos. Jugábamos a construir fortalezas en los terrenos baldíos o en construcción. Nadie nos regañaba por estar invadiendo la propiedad privada, pues éramos niños”.

 

 

“Rondábamos los campos de golf, la ciclopista del parque y por supuesto el ‘monte’. Me encantaba treparme a los árboles para bajar mangos, huayas y ciruelas”.


¿Qué beneficios tu veías en aquel entonces cuando niño que tu tenías al vivir en una privada residencial en medio del bosque yucateco que a lo mejor tus compañeros de la escuela no tenían?

“Vivir fuera de Mérida me dio una sensación muy especial, pues aprecié mucho el espíritu comunitario de la privada a pesar de estar apartado de facilidades citadinas. Además, la seguridad del sitio les permitió a mis padres darme la libertad de poder salir de casa y ofrecerme un espacio enorme para jugar y hacer amigos. La ausencia de tráfico y comercios también nos permitió crecer en un ambiente idealizado. Todo ello, sin que la ‘realidad’ de Mérida estuviese muy lejos”.

 

“La ausencia de tráfico y comercios también nos permitió crecer en un ambiente idealizado. Todo ello, sin que la ‘realidad’ de Mérida estuviese muy lejos”



¿Te sentías en un área segura? ¿Disfrutabas estar en un espacio con el que a lo mejor otros no contaban?

“Por supuesto. La extensión del lugar me permitió entamar una relación muy cercana con la naturaleza, incluidos plantas y animales. En cierto sentido, ello me ofreció una educación y una conciencia ecológicas que difícilmente pudiese haber aprehendido creciendo en la ciudad”.

 

 


¿Qué se sentía vivir en una casa sin bardas y en un terreno irregular al estilo el norte de los Estados Unidos?

“La confianza con los vecinos era total y eso me llenaba de seguridad como niño. Todos nos conocíamos y sabía que si tuviese algún problema estaba siempre en buenas manos. Tanto los padres de familia como los trabajadores del Club, al igual que los jardineros y vigilantes de la privada, cuidaban de todos nosotros”.


¿Notabas mucho los árboles y naturaleza que te rodeaba? ¿Qué era lo que más te llamaba la atención?

“Recuerdo mucho el gran espacio. Habiendo vivido en ciudades Europeas desde hace diez años, en donde casi nadie tiene jardín, recuerdo las grandes extensiones de mi infancia con nostalgia: Los cielos abiertos y las noches estrelladas, descontaminadas de iluminación y al mismo tiempo seguras”.


¿Te importaba vivir lejos de la ciudad en aquel entonces?

“No, al contrario: estaba consciente de tener acceso al contraste entre ciudad y naturaleza. Además, lo consideraba un privilegio ya desde muy chico”.


Ya como adolescente y universitario, te tocó que los servicios de la ciudad estuvieran más cerca ¿Cómo sentías este cambio? ¿Cuáles son tus primeros recuerdos de que la civilización se acercaba cada vez más a tu casa?

“Es un proceso inevitable que, como dices, coincidió con mi adolescencia, lo cual fue bastante conveniente. La ciudad creció rápidamente en esos años y también la privada. Afortunadamente, se mantuvo el espíritu comunitario entre mis amigos y vecinos, aunque han llegado nuevas generaciones que ya no conozco. Esto es normal, pero aún creo que es posible mantener el espíritu comunitario de la privada a pesar de la cercanía de la ciudad. Para ello, deben tomarse decisiones concertadas por parte de los residentes que quieran crear ese ambiente de confianza. Por ejemplo, en los años noventa nuestra comunidad decidió construir una capilla y un parque; estos proyectos fortalecieron los lazos entre los residentes mientras que la ciudad se expandía”.


¿Influyó el crecimiento de la ciudad en la tranquilidad del lugar en el que vivías? ¿O mejoró la experiencia de vivir ahí?

“Nada cambió de forma radical, excepto la llegada de nuevas familias y residentes. Naturalmente, hay más servicios y facilidades cerca pero la privada ha mantenido su integridad a través de la imposición de una estética arquitectónica para nuevas construcciones, la exclusión de negocios comerciales y el impedimento al tráfico automovilístico externo”.

 

“La privada ha mantenido su integridad a través de la imposición de una estética arquitectónica para nuevas construcciones, la exclusión de negocios comerciales y el impedimento al tráfico automovilístico externo”


Por último ¿Por qué recomendarías a una familia un lugar apartado de la ciudad en medio del campo yucateco como la opción ideal para crecer sus sueños?

“Combinar la vida citadina con la paz del campo presenta grandes ventajas y posibilidades de crecimiento personal para cualquier familia. Aunado a la seguridad y al espacio que ya mencioné, quiero resaltar la sensibilidad que los niños desarrollan respecto de sus entornos naturales y sociales. Sin menospreciar la vida citadina, quiero enfatizar que la diversidad que ofrece una vida apartada del urbanismo puede enriquecer la vida de la familia mientras que ofrece muchas oportunidades de diversión y convivencia sanos”. 

 

 

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